El 27 y el 28 Abril, académicos y otros participantes interesados, de Argentina, España, México y otros países, se reunieron en un evento organizado por STEPS América Latina, para discutir lo que tal vez se pueda definir como un nuevo modo de hacer: la denominada producción abierta y colaborativa, que abarca una amplia variedad de iniciativas como ciencia abierta, investigación-acción participativa, software y hardware libre y makerspaces.

Todas esas prácticas comparten la particularidad de ser, en cierta medida, “abiertas” y “colaborativas”. “Abiertas”, porque se trata de esfuerzos por generar conocimiento e información libre, que sea ampliamente accesible (a diferencia de los datos tradicionales cuya circulación en el sector público, privado y en la sociedad civil está limitada por restricciones de la propiedad intelectual, patentes o marcas), y “colaborativas”, porque intentan abrir el proceso de aprendizaje y de producción hacia actores que están fuera de los límites de corporaciones tradicionales, de instituciones formales, de grupos de investigación o de otras comunidades de especialistas o profesionales.

Algunas de las preguntas que se plantearon durante el taller, y que son de relevancia particular para las agendas de desarrollo de América Latina, son si la producción abierta y colaborativa es una forma más eficiente y eficaz porque democratiza el proceso de producción de conocimiento, así como la producción agrícola e industrial, o si este modo de hacer fomenta verdaderamente un camino alternativo hacia un desarrollo sustentable.

Para ilustrar el panorama diverso de este tipo de producción, Erin McKiernan, de la Universidad Nacional Autónoma de México, habló sobre sus experiencias en ciencia abierta: presentó proyectos y repositorios que se desarrollaron para compartir datos y resultados, como iniciativas políticas de la ciencia abierta en Argentina, Europa, México y Perú, y mencionó que hace falta una reforma de los planes de incentivos para los investigadores, que los motive a compartir más sus datos y resultados, y de manera actualizada (puesto que muchas veces los datos se comparten varios años después de obtenidos), para fomentar la eficiencia y eficacia de la ciencia.

Por su parte, Adrian Smith, de la Universidad de Sussex, debatió la práctica de los makerspaces en Inglaterra y mostró cómo estos espacios abiertos de trabajo colaborativo pueden ser considerados como un prototipo para el desarrollo alternativo con la producción entre pares, la fabricación local y el uso o reuso de materiales verdes. Asimismo, destacó que para el éxito de estos makerspaces, el cultivo de identidades y de comunidades es fundamental.

En la mesa de debate, también estuvo presente Antonio Lafuente, del MediaLab Prado de Madrid (una institución que se define como un laboratorio ciudadano de producción, de investigación y difusión de proyectos culturales), que orientó la discusión hacia cuestiones de política pública, y tematizando “una crisis de los expertos” (o del modelo de científico), abogó y defendió la importancia de la formación y del aprendizaje fuera de lo académico y de la experimentación y de la autoconstrucción fuera de las instituciones establecidas y formales.

Acorde a las ponencias presentadas, se podría decir que las iniciativas abiertas y colaborativas presentadas constituyen una evidencia de que el individuo es y puede ser un protagonista activo (en vez de “espectador” pasivo) en la identificación, búsqueda y solución de sus propios problemas, y que lo hace de manera colectiva, vinculándose y organizándose fuera de un sistema instituido.  

De ese modo, los invitados demostraron la dimensión empoderadora de las iniciativas abiertas y colaborativas, y por qué la producción abierta y colaborativa está por entrar a las agendas de política pública: porque promete ser transformativa, porque democratiza el acceso a la información y al conocimiento, porque libera la participación, porque innova en formas de producción y de organización, y porque posibilita resolver las problemas más urgentes de la sociedad, que son usualmente ignorados por el sector privado y público, y de ese modo promueve trayectorias alternativas de desarrollo y así, la sostenibilidad.

Luego se abrió el debate entre todos los participantes, sobre las oportunidades y los desafíos de estas prácticas, para encontrar colaborativamente respuestas a las preguntas más cautivadores. Entre ellas: ¿en qué medida son las iniciativas abiertas y colaborativas empoderadoras y transformadoras?, ¿cómo motivar la participación y la colaboración? y ¿cómo garantizar la sostenibilidad y la autonomía de estos proyectos?

En el taller, se juntaron participantes de la amplia diversidad del campo de la producción abierta y colaborativa: de proyectos como el de Co-sensores (Sensores Comunitarios), en el que afiliados de la Universidad de Buenos Aires (UBA) desarrollan métodos para que las propias comunidades puedan evaluar la presencia de contaminantes para encarar procesos reivindicativos o acciones que mejoren la calidad de vida de alguna población, o el de MINKA, que trabaja una red de personas y colectivos interesados en articular, difundir y aprender experiencias de economía colaborativa.

Además, participaron paleontólogos, biólogos, ecologistas, ingenieros, sociólogos, makers, hackers y representantes de instituciones gubernamentales de la tecnología y de organizaciones de la economía colaborativa.  

Tras reflexionar sobre sus experiencias, preocupaciones y proyecciones de lo que es (y puede ser) la producción abierta y colaborativa, lo que sobresalió entre las discusiones es que los participantes estaban de acuerdo en que dichas iniciativas tienen el potencial de redefinir las relaciones productivas, sociales y culturales, y se contextualizan como impulsores de un paso de transición: por ahora, un denominado cuarto sector se encuentra en la búsqueda por nuevas formas de producción y de organización, junto al sector privado, el público y la sociedad civil.

Por otro lado, los participantes del taller conincidieron en la importancia de generar un espacio (virtual, real y de discurso) para promover el desarrollo de estas iniciativas, comunicándolas y visibilizándolas para que se materialicen, se capitalicen y se auto-sostengan.

Por último, y a modo de cierre, los participantes se dieron cuenta (y este documento es una mera confirmación de esta falla) de que ningún resumen es capaz de transmitir la riqueza, la variedad y la dinámica del encuentro verdadero. Y siguiendo con la argumentación de Antonio Lafuente, que constató que vivimos en una cultura escrita pero plagada de prácticas orales, lo que hace reflexionar sobre la importancia de generar espacios presenciales para el encuentro, de aprender a escuchar y sobre todo, de aceptar la diversidad dejándose afectar por el otro (sus sentimientos, su problematización y sus enfoques).

Y es justo esto, con lo que los participantes de este evento se entusiasmaron (y lo que Steps América Latina, tiene como objetivo: continuar con el espíritu del evento, juntarse, comunicarse y organizarse), lo que quedó materializado en la intención de crear una red que una académicos y hacedores de la producción abierta y colaborativa, y que reconozca el valor enriquecedor de la experimentación y de la auto-construcción que se vive en dichas iniciativas.