Algunos artículos recientes publicados en Cash sostienen que como país subdesarrollado con crisis cíclicas de balanza de pagos debemos concentrarnos en superar las restricciones externas importando menos (combustible) y exportando más (granos). La recomendación: intensificar la explotación de recursos naturales utilizando tecnologías que aumentan la productividad. Se concede que estas tecnologías pueden generar efectos ambientales y sociales no deseados, pero al ser inciertos se los considera irrelevantes y sólo dignos de preocupación de países que ya no tienen problemas urgentes de qué ocuparse.

Varios aspectos de este argumento resultan problemáticos, pero para ganar profundidad y claridad discutiremos sólo uno: la asociación lineal y unívoca entre crecimiento y adopción de una tecnología específica utilizando el ejemplo de la transgénesis. La transgénesis es presentada por muchos como la única tecnología que garantiza el máximo crecimiento del sector agropecuario, cuando en verdad existen otras opciones para el mejoramiento vegetal, por ejemplo el cruzamiento clásico o la mutagénesis. Estas alternativas pueden implementarse eficientemente y con un alto control de procesos. En la actualidad funcionan como herramientas complementarias o sustitutivas de la transgénesis con resultados potenciales similares. Por ejemplo, el maíz tolerante a herbicidas fue desarrollado por Monsanto y AgEvro usando transgénesis y por Cyanamid utilizando otras técnicas de mejora vegetal. Tienen además menores efectos adversos potenciales sobre la biodiversidad y la salud humana, y por eso no son rechazadas por consumidores y son funcionales a modelos productivos que promueven la inclusión y la sustentabilidad ambiental, como la producción orgánica y agroecológica. Además, implican menores barreras a la entrada –notablemente en términos regulatorios–, admitiendo el desarrollo a menor escala por actores de diversos tamaños y regiones. Finalmente, sus efectos en mejorar rendimientos y rentabilidad también son notables.

El caso de la soja en Argentina es paradigmático: los rendimientos han aumentado un 32 por ciento entre 1997 y 2011. La interpretación oficial atribuye este éxito a la transgénesis. Esto resulta sorprendente si se tiene en cuenta que

1. desde 1996, cuando por primera vez se comercializaron semillas de soja con transgen que la hacen resistente a herbicidas, cada año, 30 nuevas variedades de soja fueron desarrolladas mayormente por empresas locales en base a otras tecnologías que permitieron innovaciones en términos de rendimiento, resistencia a enfermedades y nuevos hábitos de crecimiento, entre otras mejoras;

2. los estudios existentes indican que el transgen ha servido para reducir costos y no tanto para incrementar rendimientos, y

3. las dos empresas más importantes de semillas de soja de Argentina (que cubren 80 por ciento del mercado), hoy multilatinas, basaron enteramente su éxito en la introducción de mejoras no transgénicas, accediendo al transgen de resistencia a herbicidas que entonces no estaba patentado en Argentina.

Sin embargo, desde una visión unidireccional y simplista de la tecnología, se le atribuye todo el éxito del sector a la transgénesis, asociándola así unívocamente con progreso, y cualquier otra alternativa con retraso. Esta perspectiva de supremacía de la transgénesis justifica, por ejemplo, que los derechos de propiedad intelectual en Argentina reconozcan propiedad de toda la semilla a quien introduce una mejora por transgénesis ignorando a otras tecnologías y restringiendo la posibilidad de acumular conocimiento para nuevas innovaciones.

Es cierto que no siempre existen tecnologías alternativas disponibles. En estos casos, la historia nos dice que la protesta de los afectados y activistas, lejos de ser un palo en la rueda, puede constituirse en un incentivo para desarrollar soluciones tecnológicas más inclusivas o limpias, mediante el ejercicio de la presión social. Un ejemplo: tras los reclamos de la población local algunas empresas mineras en Chile desarrollaron tecnologías que les permite utilizar económicamente agua salada en vez de dulce en el proceso productivo. Las movilizaciones sociales son oportunidades que generan conciencia colectiva e incentivan inversiones que sirvan para desarrollar alternativas para el bien de todos.

En suma, no creemos que haya que erradicar una tecnología u otra, pero pensamos que deben evaluarse las diversas opciones de una manera integral e inter temporal. Sólo con un entendimiento y discusión de las diversas consecuencias de cada opción tecnológica sobre un número de dimensiones como el crecimiento, la biodiversidad, la inclusión, el acceso al conocimiento y las innovaciones pueden evaluarse las opciones con vistas a promover el desarrollo, que siempre debe ser inclusivo y sustentable. Las falsas dicotomías no ayudan en este proceso.

Por Anabel Marín,  Valeria Arza y Patrick Van Zwanenberg


Publicado en Página/12 Suplemento Cash

20 de octubre de 2o12

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