Por Adrian Smith y Mariano Fressoli   Las tecnologías de fabricación digital, y especialmente la impresión 3D, permiten digitalizar objetos en tres dimensiones e imprimirlos materialmente. Se sostiene que la capacidad para imprimir una variedad de materiales (desde plásticos, arcillas o metales hasta cultivos celulares) podría modificar las formas de consumo y el acceso a bienes. Esto se debe a que las tecnologías de fabricación digital acortan los tiempos requeridos entre el diseño y la producción, permitiendo acelerar los mecanismos de producción flexible de pequeñas cantidades. Simultáneamente, la fabricación digital acentúa el rol de la economía de servicios y el ascenso de las capacidades de diseño y programación, mientras que amenaza las capacidades manufactureras tradicionales. Las promesas de la fabricación digital han atraído a grandes empresas, investigadores, políticos, emprendedores, arquitectos y diseñadores, makers y medios de comunicación. Dependiendo de a quién escuchemos, se argumenta que la fabricación digital podría iniciar una tercera revolución industrial, la personalización de la producción y el fin de la producción masiva. Otros sugieren que es el comienzo de nuevas formas de democratización del conocimiento y fabricación más sustentable. Sin embargo, la historia de otras “revoluciones tecnológicas” nos enseña que difícilmente una sola tecnología puede forzar el cambio. El cambio radical es más bien el resultado de una combinación entre varias tecnologías y procesos sociales. Estas fuerzas se interrelacionan y combinan, pero fundamentalmente son los actores sociales quienes impulsan y llevan adelante los cambios. Por ejemplo, a principio del siglo XX no fueron sólo las máquinas de coser hogareñas sino también las revistas con moldes de ropa y la disponibilidad de telas económicas las que permitieron revolucionar la moda y democratizar el acceso a la vestimenta. Los trabajadores pudieron producir y arreglar su ropa, adaptando distintos diseños. Pero, como en otros casos, las posibilidades que abrieron las máquinas de coser también implicaron una mayor carga para las mujeres, que tenían que hacer la costura. ¿Sucederá una “revolución” parecida con la fabricación digital? Y si no, ¿hacia qué dirección nos llevará? Afortunadamente, la historia también indica que es difícil predecir el rumbo del cambio tecnológico. Entonces, en lugar de pronosticar el futuro parece más relevante generar oportunidades para que la gente acceda a las nuevas tecnologías y pueda participar concretamente de las posibilidades y controversias que genera. Estas experiencias también deberían tomar nota de los riesgos que implica la fabricación digital. Es importante reconocer que las visiones sobre el futuro de la fabricación digital tienen implicancias para el trabajo, el consumo, el desarrollo social y el uso de recursos. Existen varios lugares que están desarrollando estas tecnologías en Argentina. Por un lado algunas empresas locales, universidades e institutos públicos como el INTI ya están creando productos y servicios a nivel nacional. Por otro lado, existen nuevos talleres de experimentación como los movimientos de fablabs (laboratorios de fabricación digital), makers y hackerspaces. Se trata de espacios organizados informalmente donde cualquiera puede acceder a las herramientas, aprender su uso y proponer proyectos. También se conectan entre sí a través de medios electrónicos, lo que les permite compartir diseños, tutoriales y nuevos aprendizajes. Algunos de ellos ya existen en Argentina. Pensamos que, además de los espacios orientados a la producción industrial, los nuevos talleres ofrecen oportunidades para acceder a la fabricación digital. La experimentación a este nivel es clave porque permite abrir ámbitos de reflexión sobre la dirección del cambio tecnológico, introduciendo nuevos tópicos, como el acceso libre al conocimiento y la producción sustentable. Estas experiencias también resultan significativas para las instituciones públicas interesadas en apoyar la educación en nuevas tecnologías como forma de inclusión social. En los talleres y hackatones es posible observar cómo la gente se involucra con la fabricación digital y qué tipos de relaciones sociales construyen a partir de los proyectos que comparten. Permiten entender además cómo los nuevos usos, bienes, formas de intercambio y propiedad intelectual podrían conectarse con la economía. A partir de ellos quizá sea posible comprender qué nuevas formas organizacionales y culturales están emergiendo, y si efectivamente llevarán a la aparición de formas de organización descentralizada y democrática, a la modificación de los patrones de trabajo y consumo, o a un incremento de los mecanismos de control y exclusión. Creemos que la diversidad y experimentación con ideas, tecnologías y formas de organización que estos espacios generan son relevantes para el resto de la sociedad. Por lo tanto, sería interesante tender más puentes entre los espacios experimentales y los espacios formales de ciencia y tecnología. Más allá de las promesas y fascinaciones de la fabricación digital, es fundamental abrir el debate y la experimentación para poder elegir colectivamente y de manera autónoma las direcciones del cambio tecnológico.


Publicada en Página/12 27 de noviembre de 2014

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