Monsanto amenaza con no lanzar su última innovación en Argentina (resistencia a un viejo herbicida, Dicamba) e incluso con irse, si el gobierno no aprueba el sistema que quiere imponer para cobrar por la tecnología que le agrega a las semillas .

Para muchos esto puede parecer preocupante, ya que la empresa ha sido a asociada a mayor crecimiento y productividad para el sector agropecuario, aunque no está claro cuánto y cuán valiosos son los aportes que ofrece la empresa.

Para otros, en cambio, alarmados por las consecuencias negativas del modelo agrícola dominante en Argentina en cuyo desarrollo la empresa ha jugado un papel central, esto podría parecer una bendición. Pero los problemas que genera el modelo agroindustrial extensivo no desaparecerían aunque la empresa “se vaya”, puesto que el lugar que dejaría vacío podría ser rápidamente ocupado por alguno de sus competidores, conocidos como “Gigantes de los Genes”: Basf, Bayer, Dow, Dupont y Syngenta (hoy suman seis en total pero todo indica que habrá fusiones entre ellos y en el futuro quedarán con suerte la mitad). Así, el modelo y sus consecuencias continuarían en el país, a menos que se tomaran medidas mucho más radicales.

Lo que es urgente debatir en profundidad, entonces, es qué tipo de innovaciones y productos para el agro están ofreciendo este tipo de empresas, cuán importantes son para nuestro desarrollo y qué pasaría si se fueran (algo que, en verdad, no sabemos bien qué significa). Buscar estas respuestas ayudará a tomar una posición más clara para negociar, no sólo el sistema de cobro –que es apenas un aspecto de esta controversia-, sino también cuestiones mucho más importantes como el modelo de propiedad intelectual y de patentes, que el gobierno está discutiendo actualmente pero con un hermetismo que dista de ser democrático.

En retrospectiva

Desde un punto de vista productivista, se podría decir que el desempeño del sector sojero en Argentina mejoró significativamente durante las dos últimas décadas puesto que, entre 1990 y 2010, la producción aumentó cuatro veces, la superficie de tierra sembrada se triplicó y los rendimientos se incrementaron en un 30%, llegando a un máximo de 2,9 kilos por hectárea en 2009.

Durante esa época, se multiplicó el uso de la denominada soja resistente al glifosato (RR) desarrollada por Monsanto, cuya participación en los cultivos pasó del 22 % al 100 %, entre 1996 y 2008. Por eso, muchos vinculan tal desempeño con el uso de esta innovación. Pero una mirada a la evidencia pone en duda esta visión parcial y sesgada de la realidad.harvest-1270694_1920

¿Por qué? En primer lugar, los pocos estudios existentes sobre desempeño relativo de variedades, con y sin resistencia al glifosato, elaborados por el INTA, indican claramente que dicha característica, si bien facilitó el manejo y redujo los costos de producción (en un principio, al menos, cuando el glifosato reemplazó el uso de muchos otros herbicidas), no fue responsable por los aumentos de rendimiento que se registraron, del uno por ciento anual en promedio. En cambio, éstos fueron explicados por las múltiples innovaciones que introdujeron las empresas domésticas (el registro de variedades con características nuevas -como la de obtener un mayor rendimiento desarrollada por Don Mario- se duplicó entre 1995 y 2005: de 15 a 30 por año, en promedio).

Del mismo modo, la evidencia existente en otros países sobre la difusión de la siembra directa cuestiona la idea tan generalizada en Argentina de que está práctica -que ha sido asociada a la posibilidad del doble cultivo y por tanto a importantes aumentos en la producción agrícola- no haya podido difundirse sin la resistencia al glifosato. Prueba de esto es lo ocurrido en Brasil, donde entre el 2000 y el 2005, esta técnica de cultivo se difundió a la misma tasa que en Argentina pero sin soja transgénica, puesto que su uso todavía no estaba permitido. Algo similar ocurrió en otros países como Francia. Como si los argumentos anteriores no fueran suficientes, una mirada a la innovación llevada adelante por las firmas locales (como el acortamiento del ciclo de maduración en algunas variedades utilizadas típicamente en la zona norte del país) revela cuán forzada es la interpretación generalizada de que la expansión de la soja a nueva zonas, como Santiago del Estero y Tucumán, ha derivado de la difusión de la soja resistente al glifosato (RR).

Volver al Futuro

Monsanto, como las otras Gigantes de los Genes, son consideradas empresas de frontera tecnológica porque son capaces de desarrollar “eventos transgénicos”, que otorgan a las semillas características nuevas tomadas de otras especies, como la tan nombrada resistencia al glifosato. Múltiples promesas se han hecho a partir de esta posibilidad, hasta se ha argumentado que permitiría mejorar las características nutricionales de cereales fundamentales para la alimentación y así ayudaría a reducir los problemas de la malnutrición.

Sin embargo, luego de veinte años del lanzamiento de semillas modificadas utilizando transgénesis sólo se han introducido en el mercado dos innovaciones obtenidas mediante esta tecnología (la resistencia a herbicidas y a algunos insectos). Algo que no sorprende si se tiene en cuenta que las grandes inversiones para desarrollar estas innovaciones solo empezaron cuando los Gigantes de los Genes, quienes lideran esta tecnología pudieron asegurarse de que iban a poder patentarlas (hasta 1980, ningún organismo vivo podía patentarse). Las patentes no son un gran incentivo a la innovación ya que le otorgan a las empresas que la obtienen la posibilidad de evitar que otros usen su desarrollo 15 años. De ese modo, no hay incentivos para seguir innovando por el tiempo que dura la patente, y toda la creatividad de la empresa es puesta al servicio del desarrollo de mecanismos que le permitan recolectar los beneficios de la innovación patentada (lo que está haciendo hoy Monsanto en Argentina actualmente).

Además, debido a los altos costos de patentamiento y bioseguridad que tiene las mejoras obtenidas con transgénesis, solo resulta rentable desarrollarlas para que sean aplicables a múltiples contextos (la resistencia al glifosato, por ejemplo, es la misma en Argentina, Brasil y Sudáfrica).

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El sector agrícola, sin embargo, necesita innovaciones adaptadas a múltiples contextos agroecológicos y a los cambios climáticos, que solo pueden desarrollarse con un sistema de innovación con menores costos fijos y más descentralizado, que introduzca innovaciones periódicamente (como el que ha sido liderado en Argentina por las empresas domésticas, que licenciaron el gen de Monsanto para “pegarlo” a sus variedades). Uno de los costos más importantes de la expansión de los Gigantes de los Genes, sus tecnologías y toda la institucionalidad que exigen, es que está destruyendo todas estas capacidades dispersas y descentralizadas. De hecho, en el escenario global, la extensión de los derechos de patente a toda la semilla (cosa que no existe en el país, todavía) ha sido asociada a la desaparición de una infinidad de empresas pequeñas y medianas de mejoramiento, del tipo de Don Mario, el retiro de instituciones públicas (como podría ser en Argentina el INTA) y una enorme concentración del mercado en unas pocas empresas, en los últimos 30 años: a mediados de la década de 1980, las nueve empresas más grandes de semillas representaron alrededor del 13% de las ventas mundiales de semillas, pero para el año 2012 éstas tenían una cuota del 76% del mercado mundial de semillas, proporción que alcanzó el 95% del mercado de eventos transgénicos.

Hoy, la prensa Argentina está difundiendo la lucha con Monsanto por su sistema de cobro, y aunque el gobierno está mostrando firmeza frente a la empresa, en estos días se supo a través de los medios que han llegado a un “inicio de acuerdo”, del cual no se ha especificado demasiado.

En paralelo, y de mucha mayor significancia, en el trasfondo de este pleito se impone el cambio en la legislación de semillas vigente: el gobierno está diseñando una propuesta para una nueva ley de semillas.

El contenido de esta ley y las concesiones que en ella se hagan a las demandas de estas empresas son mucho más importantes que la disputa por el método de cobro, ya que dará forma al sistema de innovación en semillas en Argentina, quiénes participarán en él, cuántos y cómo: ¿será cerrado y de apropiación – al estilo patente para toda la semilla-, con unas pocas empresas e innovaciones estandarizadas que les permitan a esos pocos jugadores ganar millones, o será abierto y flexible, con posibilidad de que participen múltiples actores que entregan diferentes tipos de desarrollos?

Estas son las cuestiones estructurales que deberíamos estar debatiendo, y es más que alarmante que el gobierno las esté discutiendo a puertas cerradas.