Suele decirse que los sistemas que mejor cuidan la propiedad intelectual son también aquellos que más favorecen la innovación. La promesa de derechos monopólicos, como los que otorgan las patentes, motivaría a potenciales innovadores a dedicar esfuerzo para generar nuevas ideas que no serían copiadas por otros. Los sistemas de patentes actuales fueron creados recién en la segunda mitad del siglo XX. En los años ’90, Estados Unidos consiguió que los acuerdos de propiedad intelectual se firmaran ante la Organización Mundial del Comercio y no en la Organización Mundial de Propiedad Intelectual, porque la primera tenía más herramientas para fiscalizar su cumplimiento (ningún país quiere que sus exportaciones sean sancionadas). Si bien la capacidad de copiar, aplicar y mejorar libremente el conocimiento existente fue un motor de desarrollo importante para los países hoy desarrollados, los países en desarrollo están obligados a asimilarse a un sistema internacional que es cada vez más rígido. Argumentan que será por su bien: con protección no sólo habrá más innovación local, sino también innovadores internacionales dispuestos a buscar soluciones para los problemas específicos de estos países. Sin embargo, tanto la evolución de la regulación internacional como el uso que se les da a las patentes más bien desalientan la innovación y el acceso a conocimiento. Los cambios regulatorios a nivel internacional en los últimos veinte años se caracterizaron por un mayor fortalecimiento de derechos, un mayor alcance de qué puede patentarse –existe un listado de productos sobre los que no se pueden negar patentes– y una menor exigencia sobre las condiciones necesarias para patentar conocimiento. Cada vez se patentan más obviedades (Amazon patentó la idea de poder comprar haciendo one-click) e ideas sin aplicación concreta que indican por dónde conviene seguir investigando para alcanzar un producto útil o herramientas o métodos que se usan en los procesos de investigación. Al poder patentar este conocimiento que antes quedaba en dominio público, lo que se hace es restringir su acceso y de esta forma también la posibilidad de que haya una diversidad de potenciales inventores que construyan sobre el conocimiento acumulando, explorando caminos distintos para generar productos de utilidad social. Al mismo tiempo, muchas empresas han comenzado a utilizar las patentes de forma estratégica, para bloquear o disuadir a la competencia mediante el patentamiento de productos similares o sustitutos (por ejemplo DuPont tiene patentes por 200 tipos de sustitutos del nylon que comercializa) o productos complementarios (en productos complejos se patentan procesos o piezas que luego impiden a otros desarrollar productos competidores). Asimismo, también se disuade mediante la amenaza de litigios. Así, el uso estratégico que se les ha dado a las patentes no incentiva la generación de nuevo conocimiento con aplicación industrial, sino todo lo contrario, disuade la existencia de múltiples innovadores. La diversidad es necesaria para la creatividad y la innovación. Cabe entonces preguntarse: ¿en qué dirección deberían reformularse los sistemas de patentes para que sean funcionales a la creatividad e innovación? La meta debe ser motivar la generación y difusión de tecnologías sin restringir el acceso al conocimiento. Cabría discutir paralelamente cómo proteger y motivar diferentes tipos de conocimiento, ya que las patentes sólo protegen el conocimiento que tiene valor de mercado. De todas formas, algunas ideas para mejorar el sistema de patentes para que generen innovación y no sólo rentas serían: primero, reducir la duración del derecho monopólico (hoy es 20 años) y relacionarla con el valor social de la innovación; segundo, otorgar patentes con reivindicaciones acotadas de manera de restringir el bloqueo tecnológico (hoy cada patente protege muchos posibles usos, algunos ni siquiera probados por el inventor); tercero, impedir el patentamiento de obviedades y exigir que el invento tenga una aplicación industrial concreta; cuarto, evitar que el conocimiento generado por instituciones públicas sea transferido mediante licencias exclusivas, y quinto, instalar sistemas de licencias compulsivas, que otorgan derechos a terceras partes para producir productos en base a inventos que no hayan llegado al mercado pocos años después patentado, como existe en Brasil. El margen de maniobra para cambiar el sistema de patentes es limitado para los países en desarrollo ya que deben atenerse a la regulación internacional. Las grandes corporaciones que se benefician del sistema actual suelen tener alianzas estratégicas con los gobiernos que negocian el devenir de la regulación internacional. Así, no sorprende que éste se haya orientado hacia un mayor fortalecimiento y cobertura de la propiedad intelectual. Resta entonces buscar formas para presionar por una regulación internacional más democrática, que motive la creatividad e innovación.


Diario Página/12
23 de junio de 2014
Disponible en: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-249172-2014-06-23.html

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