“Los datos se están comiendo al mundo”, afirmó Mariano Fressoli, que es parte del equipo de investigación de Cenit y STEPS América Latina, en relación al flujo de la información característico de la sociedad actual, y explicó que frente a esto están emergiendo distintos movimientos y organizaciones no gubernamentales (ONGs) que utilizan las nuevas tecnologías y recursos disponibles para advertir y tratar de resolver conflictos sociales o ambientales.

Tal es el caso del grupo ¿QuéIconoclasistas_mapeo_colectivo_Barcelona_2011 pasa Riachuelo?, que desarrolló una plataforma digital para que los vecinos puedan registrar eventos de contaminación a lo largo de toda la cuenca Matanza Riachuelo; el de Territorio indígena, una iniciativa de Amnistía Internacional Argentina que pone a disposición una herramienta para mapear territorios indígenas en conflicto; y el de los Iconoclasistas, que se autodefinen como un “espacio de creación itinerante que se despliega en tres dimensiones de saberes y prácticas: artísticas (poéticas de producción y dispositivos gráficos), políticas (activismo territorial y derivas institucionales) y académicas (pedagogías críticas e investigación participativa)”.

Una de las características en común de todas estas iniciativas de lo que hoy se conoce como ciencia ciudadana es que, justamente, permite generar nuevos conocimientos que muchas veces surgen fuera del ámbito académico. Además, comparten fines particulares que los distinguen, por ejemplo, de los denominados Fab-Lab o los space makers (pensados en nuestro país como “clubes” de innovación auto organizados), con quienes sí comparten herramientas, como las tecnologías abiertas.

“Existen distintas tribus: de gobierno abierto, datos abiertos, acceso abierto, ciencia abierta, space makers, activismo de datos… tienen conexiones difusas entre sí debido a que sus fines no están entrelazados pero en todos los casos usan los datos abiertos para lograr un empoderamiento a través del conocimiento, mientras que las tecnologías de datos abiertos les permiten alcanzar una mayor visibilidad de sus problemáticas y generar información pública, en busca de incrementar la responsabilidad política y la participación ciudadana”, destacó Fressoli, que también es investigador del CONICET.

Por eso, las lógicas de operación de estos grupos no pueden ser enmarcadas en ninguna categoría de conocimiento existente, ya que su funcionamiento rompe con el modo tradicional de generarlo. Pero “si se modifica el imaginario social que suele ubicar a estas experiencias en un lugar de resistencia, los ejemplos citados de producción colaborativa apuestan a realizar un verdadero cambio, al mostrarse como una alternativa que supera las viejas formas de producción de saberes”, subrayó Fressoli.

Estas son solo algunas de las reflexiones que el especialista compartió con sus colegas de Fundación Cenit y del Centro Steps América Latina, en un seminario interno que se realizó a fines de julio, en las instalaciones de la misma fundación.