Por Mariano Fressoli y Julieta Arancio


Llallawavis scagliai, más conocida como “Ave del terror”, una especie descubierta y descripta por científicos de CICTERRA (en Journal of Vertebrate Paleontology)

 

Hace unos meses recibimos en CENIT un pedido para colaborar en la construcción de prácticas interdisciplinarias por parte de un par de científicas Conicet radicadas en Córdoba. Las investigadoras pertenecen al  Centro de Investigaciones de Ciencias de la TierraCICTerra-, la institución más grande del país en su campo, con alrededor de 100 investigadores, becarios y personal de apoyo. El pedido era bien concreto: articular prácticas de colaboración interdisciplinaria que permitan alcanzar los objetivos planteados en un PUE -Proyecto de Unidades Ejecutoras-, recientemente financiado por CONICET.

Los investigadores de CICTerra contaban con varias ventajas importantes. En primer lugar, habían logrado escribir un proyecto conjunto que fue consensuado y firmado por la gran mayoría de los investigadores del centro. Contaban además con un núcleo entusiasta de científicos que realmente buscaban desafiar sus prácticas y generar lazos colaborativos. El proyecto PUE, entonces, constituía la excusa perfecta para experimentar con nuevos formatos y reunir voluntades en pos de objetivos de investigación común.   

La respuesta sin embargo estaba lejos de ser sencilla. Por estos días existe muchísimo interés en el desarrollo de prácticas colaborativas e interdisciplinarias de parte de agencias de financiamiento y organismos internacionales. Pero más allá de recomendaciones sencillas y casi de sentido común -establecer confianza, definir objetivos comunes claros, crear mecanismos de recompensa transparentes-, en la práctica no se dispone de manuales ni guías para trabajar de forma interdisciplinaria. Tal como señala Nancy Cartwright (1999: 18)*: “No disponemos de metodologías articuladas para el trabajo interdisciplinario, muchos menos algo tan simple y general como versiones edulcoradas de un buen método científico…”.

Tanto a escala global como local, la colaboración interdisciplinaria se ha convertido en una suerte de mantra: todos la mencionamos como invocando un poder mágico, pero cuanto más repetimos la palabra menos entendemos su significado.


Primer día de taller en CICTERRA, mapeando expectativas de los científicos sobre el trabajo colaborativo

 

Cuando se consideran las lecciones de la ciencia abierta, vemos que la mayoría de las prácticas de colaboración se establecen en formatos basados fundamentalmente en la colaboración online y el uso múltiple de recursos compartidos. Esto se debe a que el modelo de colaboración copia prácticas que tienen su origen en la cultura del software libre.

Cuando estas prácticas se trasladan al ámbito científico, funcionan muy bien en dos situaciones: En casos como Polymath, en el cual la mayoría de las personas que colaboran trabajan con un problema bien concreto -la resolución de un desafio matemático- y comparten conocimientos similares. O en casos donde científicos de diferentes disciplinas utilizan un mismo set de datos para correr diferentes análisis -algo que también se conoce como “inteligencia de datos”-.

Pero, ¿Cómo se trasladan estas prácticas a la realidad de un centro de investigación concreto, en un espacio físico compartido? Y más aún, ¿Cómo hacer florecer la cultura de la colaboración en el marco de los requerimientos contradictorios del sistema de evaluación científica?

Apenas aterrizamos en Córdoba todas estas dificultades tomaron cuerpo en la voz de los casi 50 investigadores, becarios y personal de apoyo de CICTerra que participaron del Taller de Ciencia Abierta y prácticas de colaboración interdisciplinarias. Durante dos días realizamos una serie de actividades participativas para mapear expectativas e ideas en torno a la colaboración interdisciplinaria incluyendo ejercicios como “ríos de la vida” y el Análisis participativo de estrategias de impacto o PIPA, según sus siglas en inglés.


Día 2 de taller, pensando estrategias y recursos concretos hacia un centro de investigación cada vez más abierto

 

Una primer conclusión obvia es que no todos los investigadores quieren o pueden colaborar. Impulsar prácticas de colaboración puede implicar cambios fuertes en los incentivos y rutinas de producción de conocimiento científico. Frente a eso, hay  investigadores que activamente deciden resistir cualquier cambio y prefieren mantener hábitos establecidos.

En segundo lugar resulta interesante notar que aquellos que claramente manifiestan voluntad de explorar  nuevas  prácticas colaborativas son muy conscientes de las dificultades que enfrentan. Entre los obstáculos más mencionados en los talleres se encontraron: las limitaciones del sistema de evaluación CONICET y la falta de incentivos específicos para la colaboración interdisciplinaria, las dificultades para coordinar los requerimientos crecientes de producción académica -’paperismo’- con el tiempo que es necesario dedicar a las colaboraciones, la obsesión de fomentar políticas de transferencia y patentamiento del conocimiento científico -que no siempre son adecuadas para los objetivos cognitivos de diferentes disciplinas-.

Pensando en cómo generar una cultura colaborativa en espacios fuera de la virtualidad, propusimos a los investigadores que pensaran qué herramientas pueden ser útiles. Las ideas y expectativas de los investigadores apuntaban a elementos muy sencillos pero absolutamente necesarios en cualquier espacio de colaboración, como por ejemplo:

  • Viajes de trabajo de campo conjunto que permitan ahorrar recursos y generar sinergias entre los investigadores
  • Espacios comunes de intercambio y discusión entre las diferentes disciplinas: desde clínicas de proyectos a ciclos de debate abiertos sobre nuevas problemáticas
  • Dinámicas horizontales de discusión en las cuales no se sancione la creatividad o la experimentación con nuevas ideas
  • Nuevas relaciones con la comunidad en tareas de extensión, divulgación de la ciencia y la tecnología, etc.
  • Mecanismos para compartir datos e información dentro de la institución.

 

Estas propuestas sencillas pueden a primera vista parecer de menor valor frente a ideas supuestamente más sofisticadas de ciencia abierta: repositorios de datos abiertos a todo el público, proyectos de ciencia ciudadana, herramientas como cuadernos abiertos de laboratorio o revisión abierta de pares. Sin embargo, sin prácticas de participación flexible y democrática en ámbitos físicos o presenciales, difícilmente se puedan construir otras formas de colaboración.

Lo que vimos en CICTerra nos brinda buenos augurios. El centro se encuentra en una posición ventajosa para experimentar con nuevas herramientas de colaboración: se realizan regularmente reuniones plenarias para tomar decisiones y se tiene la costumbre de establecer comisiones de trabajo con representantes de diferentes laboratorios y áreas. Pero como la gran mayoría de instituciones científicas, CICTerra tampoco es ajeno a la competencia y desconfianza entre pares, la obsesión con publicar por encima de cualquier otro tipo de actividad científica, los resquicios de machismo, el verticalismo marcado y el miedo a ceder espacios a la experimentación con nuevas ideas.

Quizás una de las lecciones más importantes  de los dos días intensos de actividades fue el reconocimiento de que poco vale intentar construir problemas u objetivos interdisciplinarios comunes para cumplir sino se cuentan con espacios y prácticas que incentiven la colaboración desde el principio. En ese sentido, las búsqueda de prácticas colaborativas relativamente sencillas dice mucho sobre la distancia entre las políticas de promoción de investigación interdisciplinaria y la realidad diaria de un centro de investigación.

Podemos pensar la ciencia abierta como una nueva moda que trata de aggiornar la investigación a los vaivenes del mundo moderno, o podemos pensarla como un paradigma que viene a cambiar la producción de conocimiento científico como la conocemos. En estos dos días vimos que un diseño con herramientas sencillas que promuevan una cultura colaborativa más inclusiva y beneficiosa para todos -los científicos y la sociedad por fuera de la academia- puede convertirse en parte del camino hacia una ciencia distinta. Por una vez, el contexto es favorable para empezar este camino. Sólo hay que empezar a dar los primeros pasos.

 

Referencias

*Cartwright, N. (1999), The dappled world. A study on the boundaries of science, Cambridge, Cambridge University Press.